Neuroplasticidad a lo largo de la vida: cómo cambia nuestro cerebro
ARTICULO ESCRITO POR AMMU
¡Hola Ammucuriosos!
Si osgustó cuando hablamos de neuroplasticidad en un blog anterior, sin duda este nuevo artículo os va a interesar. Hoy indagamos en cómo la neuroplasticidad acompaña al cerebro a lo largo de las diferentes etapas de la vida.
Imagen 1. Neuroplasticidad en la
vida. Fuente: Imagen creada por Ana María Morón Usero en ChatGPT.
Neuroplasticidad en la niñez
Desde que nacemos hasta la
llegada de la adolescencia, el cerebro humano experimenta una intensa actividad
neuroplástica. Es la etapa donde se desarrollan funciones esenciales: mirar,
tragar, masticar, hablar, reconocer estímulos, controlar los movimientos… Cada
experiencia, cada estímulo, deja huella en el sistema nervioso.
Durante esta fase crucial, el
entorno y los hábitos tienen un papel fundamental. Para fomentar una
neuroplasticidad saludable, es importante proporcionar al cerebro mecanismos de
aprendizaje lúdico: juegos, reglas nemotécnicas y actividades que estimulen la
atención y la memoria. Los niños pequeños, sobre todo hasta los seis años, no
tienen aún la capacidad de mantenerse quietos ni concentrados durante largos
periodos, por lo que el juego estructurado es clave.
Además, deben contar con una
nutrición equilibrada, buen descanso y actividad física diaria que estimule el
desarrollo motor: elasticidad, equilibrio, coordinación, etc. En este sentido,
lo más importante para que el cerebro aprenda: repetir y experimentar.
Neuroplasticidad en la adolescencia
Durante la adolescencia, el
cerebro sufre un proceso conocido como “poda sináptica”, en el que se eliminan
conexiones neuronales que no se utilizan, mientras que otras se fortalecen.
Esto permite que muchos aprendizajes se automaticen, como caminar, correr o
realizar tareas cotidianas complejas.
A nivel emocional, las bases ya
están asentadas (alegría, ira, tristeza…), pero aparecen nuevas vivencias
internas: el aburrimiento, la búsqueda de identidad, la rebeldía, las dudas
existenciales, la preocupación por el futuro. La neuroplasticidad es clave en
esta etapa de transición hacia la adultez.
El cerebro continúa su maduración
hasta aproximadamente los 22 años, cuando se consolida el neocórtex, la
parte más racional del cerebro. Esta zona está relacionada con la toma de
decisiones, el control de impulsos y la planificación a largo plazo.
Imagen 2. Neocórtex. Fuente:
https://www.psicoactiva.com/blog/el-neocortex-anatomia-y-funcion/
Neuroplasticidad en la adultez
A partir de los 25 años, el
cerebro sigue siendo plástico, aunque los cambios son más sutiles. Aun
así, factores como el embarazo, situaciones traumáticas, nuevos retos laborales
o cambios vitales importantes continúan generando nuevas conexiones neuronales.
La experiencia acumulada permite
ver el mundo desde otra perspectiva y valorar las situaciones de forma
diferente. Aprender cosas nuevas, adaptarse a cambios o enfrentar desafíos
personales siguen siendo motores de la neuroplasticidad.
Neuroplasticidad en la vejez
La neuroplasticidad no desaparece
con los años. El cerebro, aunque más lento y con células menos activas, sigue
siendo capaz de generar nuevas conexiones si se estimula adecuadamente. La
clave está en mantenerlo activo: una buena alimentación, ejercicio físico
regular, estimulación mental, socialización y curiosidad son factores
protectores frente al deterioro cognitivo.
Diversos estudios muestran que
las personas mayores que han mantenido su cerebro activo a lo largo de su vida
son más resistentes a enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer,
el Parkinson o la demencia. Aunque la senescencia celular
(el envejecimiento de las células) hace que crear nuevas conexiones sea más
difícil, no es imposible.
Según los
neuropsicólogos, seguir aprendiendo, interesarse por nuevas actividades y
mantener un estilo de vida activo incluso a los 100 años puede ser la mejor
receta para una mente longeva y sana.
Conclusión
La neuroplasticidad nos acompaña durante toda la vida. Aunque su intensidad varía con la edad, nunca deja de ser un motor de cambio y adaptación para nuestro cerebro. Desde los primeros aprendizajes en la infancia hasta los desafíos de la vejez, nuestras experiencias, emociones y hábitos modelan constantemente nuestras conexiones neuronales. Cuidar de nuestro cerebro, mantenernos activos física y mentalmente, y seguir aprendiendo a cualquier edad no solo potencia nuestra salud cerebral, sino que nos permite vivir con mayor autonomía, equilibrio y bienestar. Porque, en definitiva, un cerebro que cambia es un cerebro que sigue vivo.
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